La psicóloga Marisol Rojas, experta en violencia machista, coincide con esa apreciación y explica por qué cuesta salir de ese “papel preasignado por la sociedad”. “A nosotras se nos educa para los demás y a ellos para sí mismos”. Los cuidados son la clave en este enganche: “Se nos dice desde el principio que tenemos que cuidar siempre, de la pareja, de la familia, de los hijos. Al final, quedamos atrapadas por esta obligación creada". Una empatía que, llevada al extremo, también explica la dificultad de las víctimas de violencia de género para salir de ese bucle: “Hay que dejar de ser madres para ser parejas. Porque el amor de madre es incondicional y convertir el amor de pareja en ese amor incondicional es un error y una trampa mortal”.
Esa realidad creada para encajar en una sociedad patriarcal sigue ahí, según la psicóloga Timanfaya Hernández, especializada en víctimas de violencia de género: “Existe hoy un doble mensaje. Las mujeres somos reivindicativas y cada vez exigimos y luchamos más, sí, pero persiste el poso del pasado, que dicta que hay que encontrar una media naranja para estar completas y que ha de ser un hombre fuerte que provea y proteja”. La única solución que ve Hernández es un cambio de valores en la educación desde el principio: “Porque a las mujeres se les ha vendido algo que no es, y es imposible cumplir con eso que nos han vendido”. Cuenta que atiende en consulta a muchas mujeres que llegan para contarle que tienen pareja, casa, hijos, trabajo… Y no son felices. “Hay que trabajar muchísimo con ese pensamiento distorsionado, porque estamos agotadas por cumplir con todo lo que se supone que debemos ser, hacer y tener y ni siquiera nos damos permiso para ser nosotras mismas. Ese no es el cóctel de la felicidad”.
LA CASA, LOS HIJOS Y LA FALTA DE REPARTO DE TAREAS
El choque entre la realidad y las expectativas fue lo que le sucedió a Pilar Acevedo hace casi una década. Y se divorció. Pero reconoce que “sin querer” sigue intentando cumplir con lo que el resto de su mundo espera que haga: se levanta a las 06.00 y se sienta a descansar cuando pasan las 23.00, es autónoma y se ocupa de su establecimiento, de sus padres y de sus dos hijos: planchas, lavadoras, comidas y organización de hierro para el día a día, cada día. “Es mi trabajo”, dice. “O al menos yo lo siento como tal, me siento responsable”. Acevedo también es parte del retrato de otro aspecto del estudio, el de una mujer que cuando se queda prácticamente sin tiempo para ella cuando tiene hijos, con trabajo remunerado (seis de cada diez lo tienen), pero también con mucho del que no está remunerado, ya que destinan más de la mitad del tiempo que están en casa despiertas a realizar tareas del hogar y cuidado y que sienten cierto placer por las tareas de la casa.
Los datos del documento hablan de ello: "Los resultados dicen que las mujeres destinan más de la mitad del tiempo que están en casa despiertas (el 55% de media) a realizar tareas domésticas que se derivan de la casa en la que viven y del cuidado y educación de los hijos, si es que los tienen". Cuenta la autora del estudio, Laura Sagnier, que ellas soportan casi el triple de trabajo que sus parejas (74% frente al 26%) y esta proporción se mantiene casi idéntica tanto si la mujer trabaja fuera de casa como si no y empeora cuando se tienen hijos. Le ocurrió a Pilar Acevedo durante toda la infancia y la adolescencia de sus hijos: "Me daba la sensación de que me faltaban horas y manos todo el tiempo. Siempre había algo que se quedaba sin hacer, todo era urgente... Cuando estaba casada, era peor, porque el trabajo no se reducía sino que crecía". Sagnier alerta en este punto de que la perspectiva de cambio no será rápida, aunque ya se nota: "Al ritmo que evoluciona la implicación del padre en el cuidado de los hijos, o si no hay hijos en las tareas de la casa, vamos a tardar entre dos y tres generaciones para igualarlo". Según se desprende del documento, "en el pasado reciente colaboraba un 19% de hombres, hoy en día lo hace el 27%".
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